Un lunes cualquiera, desde su cuenta de Truth Social, el presidente Donald Trump lanzó una advertencia que resume la tensión de fondo del segundo boom tecnológico de Estados Unidos: quien le dé la espalda a los centros de datos se quedará atrás.
«La única razón por la que las comunidades de Estados Unidos no deberían querer Centros de Datos es si quieren terminar siendo atrasadas y pobres», escribió Trump. «Si quieren ser exitosas y ricas, con impuestos mucho más bajos y empleos por todas partes, que reinen los Datos», agregó.
La escena lo dice todo: mientras gobiernos locales y estatales debaten regulaciones, el jefe del Ejecutivo eligió la red social para presionar directamente a los ayuntamientos que se resisten a los proyectos. No fue un comentario aislado. Trump ha convertido el dominio energético y el liderazgo en inteligencia artificial en pilares centrales de su segundo mandato, con los centros de datos como pieza clave para que Estados Unidos no pierda la carrera tecnológica frente a China.
«China no podría estar más feliz con este movimiento anti Centros de Datos», escribió el presidente, sugiriendo que cada permiso denegado en un condado estadounidense es, en los hechos, una ventaja regalada a Pekín.
El trasfondo es un choque que ya se instaló como tema de la campaña de medio término: la fiebre de inversión en centros de datos trae consigo promesas de empleo e inversión, pero también preocupaciones concretas sobre el alza de las tarifas eléctricas, el consumo de agua y la velocidad del desarrollo inmobiliario que exige esta infraestructura.
Trump no ahorró críticas ni siquiera dentro de su propio espacio político. Señaló como «un error» la postura del gobernador de Texas, Greg Abbott, hacia los centros de datos, un comentario que llama la atención porque Texas se ha consolidado como una potencia del sector: Dallas ocupa el primer puesto mundial entre los mercados primarios de centros de datos, según el informe 2026 Global Data Center Market Comparison de Cushman & Wakefield.
Para entender el presente hay que volver a esa tensión: los miles de millones de dólares en nueva inversión que llegaron a Texas trajeron consigo una demanda eléctrica descomunal, y con ella la pregunta que divide a legisladores, empresas y contribuyentes por igual: ¿quién paga la infraestructura necesaria para sostener ese consumo?
Abbott, por su parte, ha intentado resolver ese dilema sin frenar la inversión. El gobernador instruyó a los reguladores estatales para que los centros de datos cubran los costos de la infraestructura que necesitan, y pidió a los desarrolladores que incorporen generación propia de energía en lugar de trasladar esa factura a los residentes de Texas.
En Pensilvania, el gobernador Josh Shapiro tomó un camino distinto: impuso recientemente nuevos requisitos a los grandes desarrollos de centros de datos, una señal de que el debate sobre reglas y costos no es exclusivo de los estados republicanos.
Los protagonistas de esta historia —la Casa Blanca, los gobernadores estatales, los desarrolladores tecnológicos y las comunidades anfitrionas— negocian, cada uno desde su trinchera, los términos de un boom que promete transformar la economía estadounidense de la misma manera en que lo hizo la llegada del ferrocarril o la electrificación rural. El desenlace de esa negociación definirá, en buena medida, quién se queda con los empleos y quién con la factura.
La advertencia de Trump, leída sin adornos, es una defensa del crecimiento antes que del veto regulatorio: donde hay inversión privada dispuesta a construir, sostiene el presidente, el rol del Estado no debería ser cerrar la puerta sino garantizar que las reglas —impuestos bajos, costos claros, infraestructura pagada por quien la usa— permitan que ese capital se quede en casa y no cruce el Pacífico rumbo a China.
El contraste entre Texas y Pensilvania ilustra el dilema real: no se trata de elegir entre progreso y contribuyentes, sino de diseñar reglas —como las que empuja Abbott— que dejen que los centros de datos paguen su propia huella eléctrica sin espantar la inversión con regulaciones excesivas al estilo de las que ensayan otros estados. Ese equilibrio, más que la retórica de Truth Social, será el verdadero árbitro de si Estados Unidos lidera o pierde la carrera de la inteligencia artificial.



