El martes, mientras los mercados de energía apenas digerían el ataque a dos superpetroleros saudíes en el Estrecho de Hormuz un día antes, el Comando Central de Estados Unidos (CENTCOM) lanzó una ráfaga de ataques contra objetivos militares en Irán. La escena lo dice todo: fue el intercambio más intenso entre ambos países en semanas, después de una tregua frágil que apenas había durado un mes.
CENTCOM dijo que golpeó sitios de defensa aérea, sistemas de radar, activos e instalaciones marítimas, capacidades de colocación de minas y centros de comunicaciones. La ofensiva llegó tras intentos iraníes, sospechados por Washington, de atacar buques en el Estrecho de Hormuz y bases militares estadounidenses el día anterior.
Irán reportó un saldo civil: según la agencia Mehr y la Sociedad de la Media Luna Roja iraní, proyectiles impactaron una boda en la ciudad de Kuhestak, en el condado de Sirik, matando al menos a cinco personas —entre ellas un niño de cuatro años, según Mehr— y dejando más de 50 heridos. El diario The New York Times verificó de forma independiente fotografías del lugar que muestran daños a una torre de comunicaciones y a un edificio residencial cercano, con el techo colapsado.
Citando al vicegobernador de la provincia de Juzestán, la agencia IRNA reportó otras siete muertes y ocho heridos en ataques estadounidenses sobre tres localizaciones en esa provincia. Las ciudades portuarias sureñas de Chabahar y Konarak también fueron alcanzadas por cuatro proyectiles, según un funcionario provincial citado por IRNA. La compañía eléctrica nacional iraní, Tavanir, confirmó cortes de energía en la provincia de Hormozgán a raíz de los bombardeos.
Frente a las acusaciones de víctimas civiles, CENTCOM respondió con una frase tajante en un comunicado a medios: el «Ejército de Estados Unidos nunca ataca a civiles, a diferencia del IRGC», en referencia al Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica de Irán.
Horas después, Teherán respondió. El ejército de Jordania reportó que 13 misiles balísticos iraníes entraron en su espacio aéreo; diez fueron interceptados y tres cayeron en zonas remotas. Kuwait dijo que sus defensas antiaéreas interceptaron drones iraníes, y Baréin informó que también interceptó drones que, según Irán, apuntaban a una base aérea estadounidense. El IRGC reivindicó además ataques con misiles y drones contra depósitos de equipo militar estadounidense en Irak, aunque ni Washington ni Bagdad confirmaron ese episodio. Ni Estados Unidos ni los países anfitriones reportaron bajas propias. El IRGC prometió un «castigo severo» por los ataques estadounidenses.
Desde la Casa Blanca, el presidente Donald Trump dejó una advertencia directa: «Si la fracasada Nación de Irán toma represalias por este ataque muy justificado, serán golpeados de nuevo a un nivel mucho más duro y elevado, pero no será el mayor ataque de todos, ese está esperando entre bastidores y, cuando termine, quedará muy poco de la República Islámica de Irán».
La nueva escalada arrancó el domingo, cuando el Ejército estadounidense afirmó haber destruido dos lanzadores iraníes en la isla de Larak que, según Washington, se preparaban para disparar cohetes con minas navales hacia el Estrecho de Hormuz. Irán no confirmó esos preparativos. Medios iraníes reportaron que los ataques estadounidenses del domingo mataron a al menos dos personas e hirieron a varias más. Irán respondió entonces con misiles contra bases estadounidenses en Jordania y los Emiratos Árabes Unidos, sin bajas reportadas por Washington ni por los países anfitriones.
El trasfondo de este pulso es economico. La Administración Trump había virado hacia una estrategia de presión sobre Irán y sus socios comerciales, con un bloqueo naval a los puertos iraníes, sanciones ampliadas y la amenaza de sanciones secundarias contra terceros países, buscando forzar a Teherán de vuelta a la mesa de negociación. Esa apuesta se topa ahora con la realidad del Estrecho de Hormuz, la arteria por la que fluye buena parte del petróleo mundial y que Irán ha usado repetidamente como palanca para elevar el costo económico de la guerra.
El presidente iraní, Mahmoud Pezeshkian, señaló el martes que Teherán seguía abierta a conversaciones, pero solo si Washington regresa a las condiciones del memorando de entendimiento firmado el 17 de junio, que había reabierto temporalmente el Estrecho al comercio. Días después de esa firma, Irán ya había apuntado contra buques que, según acusó, usaban rutas no autorizadas.
Para entender el presente hay que volver a esa semana de junio: el acuerdo prometía estabilidad al comercio marítimo global, pero duró poco. Cada vez que Teherán amenaza el libre tránsito por Hormuz, encarece el petróleo y golpea directamente los bolsillos de consumidores y empresas en todo el mundo, desde Houston hasta Róterdam. La trastienda de esta guerra no es solo militar: es la pugna por quién controla una de las rutas comerciales más valiosas del planeta.
Washington ha optado por combinar la fuerza con sanciones y bloqueo económico, apostando a que el aislamiento financiero del régimen iraní pese más que sus misiles. El desenlace de esa apuesta —si Teherán cede ante la presión de mercado o si la escalada militar se impone sobre el cálculo económico— definirá no solo el destino de la región, sino el precio que paga el resto del mundo por cada barril que cruza el Estrecho de Hormuz.



