Faltaban pocos minutos para la medianoche del viernes 28 de agosto cuando el Instituto de Geociencias de la Universidad de Panamá registró, de forma preliminar, un sismo de magnitud 4.5. El reloj marcaba las 11:59 p.m. El epicentro se ubicó a unos dos kilómetros al norte de San Miguel, en el Archipiélago de Las Perlas.
La escena lo dice todo: mientras buena parte de la ciudad de Panamá dormía, el suelo se movió y las alertas empezaron a circular antes del amanecer. Durante la madrugada del sábado 29 de agosto, el Sistema Nacional de Protección Civil (Sinaproc) comenzó a recibir reportes de que el sismo había sido percibido en varios sectores de la capital, San Miguelito y Panamá Oeste.
Omar Smith, director del Sinaproc, detalló en su cuenta de X la lista de lugares donde se sintió el movimiento: San Miguelito, San Francisco, Obarrio, Chilibre, Don Bosco, Costa del Este, Paitilla, Arraiján, La Chorrera, Isla del Rey, Isla Contadora, Isla Saboga y San Miguel. Es decir, desde barrios residenciales de la capital hasta islas del archipiélago donde se ubicó el epicentro.
«Derivado del sismo de hace unos mins percibido en Panamá (...) No hay reportes de daños al momento... monitoreo continúa», escribió Smith en la red social, acompañando el mensaje con un video del temblor.
Hasta la madrugada del sábado, según confirmó el propio Sinaproc, no se habían reportado daños asociados al movimiento. La entidad indicó que se mantiene en monitoreo continuo de la situación.
Para entender el presente hay que volver a esa semana completa, no solo a esa noche. El Instituto de Geociencias señaló que, para determinar cuantitativamente cuántas personas sintieron el sismo, pone a disposición una encuesta de intensidad sísmica en su página web, un instrumento que permite cruzar percepción ciudadana con datos técnicos.
Y es que este sismo del viernes no fue un hecho aislado. En lo que va de la última semana, Panamá ha registrado preliminarmente más de 20 movimientos sísmicos, con magnitudes que oscilan entre 2.2 y 5.5, distribuidos en diversas regiones del país. Entre los puntos donde se han detectado estos eventos figuran zonas cercanas a Darién, en el límite con Colombia, y Paso Canoas, en la frontera con Costa Rica.
Los detalles cuentan la historia de un país geológicamente activo, donde la frecuencia de los temblores —de baja y mediana intensidad, en su mayoría— convive con la vida cotidiana sin que, hasta ahora, se haya traducido en daños estructurales reportados por las autoridades.
El desenlace, al menos por ahora, es el que las autoridades panameñas prefieren subrayar: ningún reporte de víctimas, ningún reporte de infraestructura afectada, y un sistema de protección civil que activó protocolos de monitoreo y comunicación pública en tiempo real, a través de canales directos como las redes sociales de su director.
En un país cuya economía depende en buena medida de la confianza institucional —desde el funcionamiento del Canal hasta la certeza jurídica que exige la inversión extranjera—, la manera en que responden las agencias estatales ante eventos naturales no es un dato menor. Un Sinaproc que informa con rapidez, sin generar alarmismo ni ocultar información, y un Instituto de Geociencias que documenta con rigor técnico cada movimiento, son piezas de una infraestructura de estabilidad que trasciende lo sísmico.
La recurrencia de estos eventos —más de 20 en una sola semana— también plantea una pregunta de fondo sobre la preparación del país frente a un riesgo geológico permanente. La respuesta institucional de este fin de semana, sin daños que lamentar, es una prueba superada; pero la frecuencia del fenómeno recuerda que la vigilancia continua, y no la reacción puntual, es lo que en última instancia protege tanto a los ciudadanos como a la confianza que Panamá necesita proyectar hacia afuera.



