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La memoria que el ADN no logra explicar

Un estudio de EEUU y Canadá sobre los llamados SuperAgers desmonta la tesis de que su lucidez a los 80 años se debe simplemente a la lotería genética.
Foto: lapatilla.com
domingo 30 de agosto de 2026

Una mujer de 84 años repite, palabra por palabra, una lista que escuchó minutos antes. No es un truco de memoria ni un caso aislado: es el perfil exacto que buscan los científicos que estudian a los llamados SuperAgers, adultos de 80 años o más cuya memoria episódica funciona al nivel de personas de 50 o 60. La escena lo dice todo sobre un fenómeno que la ciencia estadounidense lleva años intentando descifrar.

El término no debe confundirse con «supercentenario», reservado para quienes superan los 110 años. Los SuperAgers son otra cosa: personas mayores que conservan, casi intacta, la capacidad de recordar una conversación reciente o los detalles de una historia con precisión propia de alguien mucho más joven.

Desde que el concepto empezó a estudiarse de forma sistemática, los investigadores han documentado diferencias en la estructura cerebral, en las relaciones sociales y en otros aspectos biológicos de estos adultos mayores. Pero quedaba una pregunta pendiente, incómoda por su sencillez: ¿acaso estas personas simplemente ganaron la lotería genética?

Un nuevo estudio encabezado por investigadores de la Universidad de Chicago y el Translational Genomics Research Institute (TGen) decidió poner a prueba esa hipótesis con una de las mayores cohortes prospectivas de SuperAgers utilizadas hasta ahora. El equipo analizó a 142 SuperAgers y a 89 adultos mayores con rendimiento cognitivo promedio, reclutados en cinco centros de Estados Unidos y Canadá.

Para entender el presente hay que volver a la trastienda del laboratorio, donde los científicos extrajeron ADN de muestras de sangre de cada participante. El primer sospechoso fue uno de los más conocidos en la literatura sobre demencia: APOE, el gen que contiene el alelo ε4, uno de los principales factores genéticos comunes asociados al riesgo de desarrollar Alzheimer.

Después llegó el análisis más fino. Los investigadores calcularon tres puntuaciones de riesgo poligénico, herramientas que combinan miles de variantes distribuidas por todo el genoma para estimar la predisposición heredada a la enfermedad.

La lógica de partida era razonable: si los SuperAgers mantienen una memoria excepcional simplemente porque heredaron menos predisposición al Alzheimer, sus perfiles genéticos deberían mostrar un riesgo claramente inferior al de los otros adultos mayores del estudio. Los detalles cuentan la historia, y aquí la historia dio un giro.

Eso no fue lo que ocurrió. Según el estudio, el perfil de riesgo genético de los SuperAgers no resultó claramente inferior al de los adultos mayores con memoria promedio, pese a contar con una de las cohortes prospectivas más amplias analizadas hasta la fecha para este tipo de comparación.

El hallazgo desafía una explicación cómoda: que la memoria extraordinaria en la vejez sea, ante todo, un premio de la genética heredada. Si el ADN no marca la diferencia decisiva, la pregunta se traslada a otro terreno, el de las diferencias en estructura cerebral, relaciones sociales y hábitos de vida que estudios previos ya habían empezado a documentar en estos adultos mayores.

Esta redacción cree que el dato importa más allá del laboratorio. Durante años, el determinismo genético ha servido de excusa fácil para resignarse ante el deterioro cognitivo, como si el destino de cada cerebro estuviera escrito desde el nacimiento sin margen para la decisión individual. Un estudio que no encuentra ese atajo genético devuelve protagonismo a lo que cada persona puede construir: vínculos sociales, hábitos y estilo de vida, variables que dependen mucho más de la voluntad y la responsabilidad personal que de la lotería del ADN.

El desenlace de esta investigación, encabezada por instituciones estadounidenses y respaldada por una cohorte binacional entre Estados Unidos y Canadá, no cierra el debate sobre los SuperAgers. Lo abre. Y lo hace en una dirección que premia el mérito y la agencia individual sobre el fatalismo biológico, una noticia que interesa tanto a la ciencia como a quienes prefieren creer que envejecer bien no es solo cuestión de suerte.

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